I
Tiempo diáfano
lugar que no es lugar
donde la memoria presente
se extiende simultánea
en el espectro total.
La luz limita el infinito
y en su seno abrasa
hurgando los rincones
para espantar la sombra
que amenaza atisbar.
¿Es un instante que se incrusta
en un silencio estridente?
¿Es un grito sigiloso
que expande el eco eternamente?
¡No es ni lo uno ni lo otro!
Orabenque misterioso
rutilante continente metafísico
que albergas la esencia evocativa
de los dioses errantes
expulsados de tu siempre paraíso.
¿La tierra prometida?
¿La frontera del inicio?
¿El confín de los retornos?
¿Un hierático sofisma
mascujado en la ignorancia?
¿Poblado de eviternos?
¿Caleta iconográfica perdida?
¿Logogrifo extraído de la nada?
¿Espeluznante variación astral?
¿Supervivencia osmótica?
Orabenque es Orabenque.
De todo un poco
nada de nada
una noche iluminada
y un tic tac anacrónico.
Febril y populoso
instantáneo reducto existencial
orgánico paisaje impreso
fugaz y persistente
entozoario del absurdo.
No hay voz ni voces
ni sonoros lamentos ni jolgorios
la expresión en sí, consustancial
plasmada en sus cospeles
acuña su sentido.
¿Forma, color, matices?
¡Quién lo justifica!
En su entelequia el sino
anula la razón de su aquiescencia.
Orabenque es Orabenque.
Su actividad programada
determina la misma negación
que sustenta su perpetuidad
en la retórica inconmovible
de su vigencia extemporánea.
Extraña intermisión atrae los relojes
y el diorama se proyecta en plenitud.
Descontrolado el Maestro
deja fluir por causes cibernéticos
el elixir de sus entes abstraídos.
Dispersos conquistan las galaxias
y pululan en los astros y planetas.
Orabenque está desierto
translúcido y lejano
dolorosamente inmerso.
Copyright @2019 Agustín Rojas García
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